Animalando: De niños y animales

09.09.2016

Artículo escrito por Izcalli Fernández para conferencia de presentación en Madrid de la Asociación EDNA de proyectos educativos en la naturaleza.

{En el contexto de germen de nuevas tendencias por una vuelta a la naturaleza en el que incluir el contexto educativo del que todos los que estáis leyendo ahora mismo sois parte activa de un modo u otro, me presento ante vosotros como biófila, "animal lover" convicta y confesa que no puede más que, a la menor ocasión, gritaros a todos: "¡Incluid animales en vuestras vidas!" "¡Incorporad animales a vuestros proyectos!". Supongo que, a la mayoría de vosotros, amantes de la naturaleza, no hará falta convenceros pero, para los escépticos que todavía os estéis preguntando si os compensará, en función de la expectativa de resultados, someteros al periplo administrativo que supone convertirse en "ganadero/adiestrador" para introducir animales en un proyecto educativo, os digo que sí. Siempre. Y esta afirmación categórica es la parte fácil, lo complicado será explicar por qué y hacerlo sin que quede lugar a ninguna duda. Y eso es lo que voy a intentar: Convenceros. ¿Por qué? Porque amo a los animales y amo a los niños y creo que, en medio de una realidad devastadora en la que la humanidad camina inexorablemente hacia su autodestrucción, arrasando el medio, agotando los recursos, aplastando la vida animal, pasando por encima de aquellos que son más débiles solamente porque son diferentes, porque no expresan el dolor y el sufrimiento de un modo que podamos o queramos ver, ya que hemos crecido en una sociedad cimentada sobre el mito de que necesitamos alimentarnos de su carne para mantener nuestra salud como los carnívoros depredadores que, de haberlo sido en algún momento evolutivo, ya no somos. Y aunque este sería el tema de otro debate, la creencia de que un hipotético motivo de salud - que la OMS ya se ha encargado de desmentir - facilita que los animales pasen al término de meros objetos a nuestra disposición, lo que los coloca en un lugar totalmente secundario y siempre por detrás del ser humano, al tiempo que nos otorga pleno derecho, no sólo sobre su vida y su muerte, si no también sobre su uso y explotación en cualquier medio, ya sea para nuestra diversión o - y, aparentemente con mayor fundamento - para desarrollar proyectos educativos y terapéuticos en los que, las condiciones en que viven los animales contrarían totalmente sus verdaderas necesidades psicobiológicas. Un animal, para desarrollarse plenamente, necesita mucho más que comida y agua y no nos damos cuenta de que, al desatender sus necesidades vitales (de relación, espacio y compañía) al centrar nuestra atención en la parte (está bien alimentado) en lugar de en el todo (está triste y estresado), en el resultado (en el zoo puedo estar a un metro de un mono) en lugar de en el trasfondo real (ese animal que veo tras la alambrada no es un auténtico mono, sino un animal histérico, frustrado y alienado), en toda esta distracción moral en la que vivimos, trasmitimos a nuestros niños unos valores de precariedad emocional que, poco a poco, irán mermando su capacidad para sentir, empatizar y comprender, por lo que es lógico esperar que si partimos de niños desensibilizados sólo nos queda esperar un futuro habitado por adultos crueles que, al desarrollarse en una sociedad completamente mecanizada y basada en la inmediatez, la hiperestimulación, el hedonismo y la ley del mínimo esfuerzo, no aprenda a valorar ninguna vida. Ni la animal, ni la humana.

"Todo animal debería crecer con animales, aprendiendo desde pequeños que ellos también sienten y sufren como lo hace cualquier ser humano. Quizá así, en 15 años, una nueva generación ame más y mate menos". 

Incluid animales en vuestros proyectos, os decía al principio, pero hacedlo de una manera responsable y atendiendo primero a su bienestar. Igual de inadmisible como nos resulta la idea de mantener a una bañera en la bañera, es que un caballo viva en un establo. Sin medias tintas. Del mismo modo que no tendríamos un rinoceronte en el jardín de nuestra casa, un perro no puede vivir aislado y sin salir en una jaula, canil, patio o finca. Sin matices ni justificaciones.

Como educadores, como pedagogos, como terapeutas, debemos luchar, no solo por nuestros fines, si no por el respeto de valores como el respeto y la consideración, porque confinar, aislar y obligar a los animales a servirnos, no es ni educativo, ni pedagógico, ni terapéutico. Y digo esto por encima de la indolente complacencia - o ignorancia - de profesionales y administraciones que se permiten el lujo de hablar de "bienestar animal" obligándote a taladrar la oreja a tu vaca para identificarla porque es un animal "de abasto" o que creen que el espacio que necesita un caballo para vivir es de 3 x 3 metros preguntándose después sin respuesta, por qué el cólico es la primera causa de mortalidad en équidos domésticos cuando es una patología inexistente en la naturaleza.

Que el mundo - y sobre todo el que rodea a los animales - está al revés, es evidente, pero es nuestra responsabilidad escuchar a nuestro sentido común. Si en un contexto educativo o terapéutico incluimos animales que viven o sobreviven en unas condiciones psicobiológicas inadmisibles (aunque a nosotros no nos lo parezcan porque tienen techo y comida), si los entrenamos y adiestramos empleando métodos violentos y de sometimiento físico y psicológico, si tan solo nos relacionamos con ellos mediante la represión y el control, como es el caso de los perros de terapia permanentemente atados a una correa, los caballos de "equinoterapia" montados con embocaduras, fustas y espuelas, los animales de las granjas escuela confinados en diminutos corrales, o cualquier otro tipo de maltrato animal, entonces, no sólo no estamos siendo educadores, si no que nos convertimos en cómplices del abuso, lo cual es, a todas luces incoherente, basándonos en que "todo el mundo lo hace así" Nosotros no. 

Aunque parezca de perogrullo, no se puede educar empleando como motivador a un animal desmotivado. Mirad a los ojos de los caballos en las hípicas y hacedlo con el corazón. ¿De verdad os parecen felices? ¿De verdad os parecen caballos? Tampoco podemos podemos realizar una intervención terapéutica  si trabajamos con animales-robot. Fijaos en muchos perros de terapia, ejecutando trucos y ejercicios con absoluta eficacia y pasmosa precisión, obsesionados por el premio, completamente alienados, perros que aceptan las caricias con resignación porque es parte de su trabajo y han perdido por completo la capacidad de disfrutar del contacto humano, en lugar de amar su trabajo, de mover la cola y ladrar bien fuerte cuando les colocas el peto de terapia, simplemente porque no se les permite equivocarse, porque sus entrenadores viven con miedo a fallar, porque hemos perdido la capacidad de reírnos y aprender de nuestros propios errores. 

Observad a los animales en la mayor parte de las granjas - escuela, balando incesantemente, dando vueltas sobre sí mismos o golpeándose contra las alambradas, rehuyendo a las personas porque han aprendido a temerlas. ¿Realmente podemos llamar a esto escuela, o más bien son museos de prisioneros al igual que los zoológicos? 

En todos estos ejemplos, ¿dónde está la interacción? ¿dónde está el aprendizaje? En la obsesión por la perfección, en la necesidad del control que no nace del conocimiento sino de la exigencia y el miedo, hemos perdido la capacidad para improvisar, para adaptarnos, para aceptar una distracción, un ladrido o un lametón a destiempo, sin pararnos a pensar que los animales trabajan y viven desenvolviéndose en un lenguaje y un entorno que no les es natural, por ello deberíamos mostrarnos agradecidos en lugar de exigentes, satisfechos en lugar de frustrados, porque hay mucho más de terapéutico en aprender a reírse de un error que en la mera observación de un ejercicio impecablemente ejecutado pero carente de emoción.

"Los animales, queridos niños, comprenden los sentimientos, aunque no entiendan todas las palabras" A. Mingote 

¿Por que conformarnos con lo que hace todo el mundo y no actuar de otra manera? Quizá por no ir contracorriente, por no enfrentarnos con opiniones críticas o, simplemente, porque es más cómodo. Pero en vosotros, adultos responsables, pioneros en el camino hacia una nueva vía de pedagogía, compañeros involucrados en el proceso de cambio, de sensibilización hacia el sufrimiento animal que experimenta nuestra sociedad en los últimos años, espero encontrar la comprensión que apoye un cambio desde la base, desde el origen, que son los niños, haciéndonos responsables entre todos de un cambio, una nueva revolución social que libere a los animales de sus prisiones y que libere nuestras mentes de las patrañas socialmente aceptadas que nos convierten en partícipes y cómplices de una despiadada competencia en la que todo vale si se trata de optimizar beneficios económicos. Y para optimizar beneficios a cualquier precio, siempre es necesario que alguien resulte explotado. En este caso los animales.

Oponernos a la explotación y al abuso en cualquiera de sus formas, además de una parte de nuestra vocación como educadores, debe convertirse en nuestra obligación. Nos debemos a ellos, porque a niños y animales les une un nexo común: Son vulnerables, sensibles y la pura esencia de la honestidad y la verdad. Por ello debemos protegerlos, porque todo lo que es bello y bueno, todo lo que merece la pena ser salvado en este mundo, vive en ellos. Protegiéndolos nos estaremos protegiendo a nosotros mismos, porque nuestra supervivencia y nuestro futuro, depende de su bienestar. No dejemos que la vanidad nuble nuestro juicio.

"Enseñar a un niño a no aplastar a una hormiga, es tan importante para el niño como para la hormiga". B. Millar

¿Por qué las intervenciones terapéuticas y educativas con animales? Podría daros mil motivos, pero os daré solo uno, que es fundamental: para vuestro trabajo necesitáis despertar el interés, la curiosidad y la sensibilidad en los niños y esto sólo ocurrirá si partimos de una emoción auténtica y pura. Poned a un niño al lado de un perro, de un gato, de un conejito, de un pájaro o de un caballo y, simplemente, observad que, todas y cada una de las reacciones que se despiertan en ellos son susceptibles de ser reconducidas en un contexto pedagógico, tan solo tenéis que adquirir la habilidad necesaria para aprovechar ese primer impulso. El impulso de la vida que no es otra cosa que creer, crear, aprender, sentir, tocar, soñar, imaginar, reír... Emociones que brotan espontáneamente por el mero hecho de permanecer por un instante al lado de un compañero de pelo, escamas o plumas. Y eso los niños lo saben}